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martes, 7 de septiembre de 2010

Maestra, ¿qué es el amor?




Uno de los niños de una clase de educación infantil preguntó:
Maestra… ¿qué es el amor?
La maestra sintió que la criatura merecía una respuesta que estuviese a la altura de la pregunta inteligente que había formulado. Como ya estaban en la hora del recreo, pidió a sus alumnos que dieran una vuelta por el patio de la escuela y trajeran cosas que invitaran a amar o que despertaran en ellos ese sentimiento. Los pequeños salieron apresurados y, cuando volvieron, la maestra les dijo:

Quiero que cada uno muestre lo que ha encontrado.
El primer alumno respondió:

Yo traje esta flor… ¿no es bonita?
A continuación, otro alumno dijo:

- Yo traje este pichón de pajarito que encontré en un nido… ¿no es gracioso?


Y así los chicos, uno a uno, fueron mostrando a los demás lo que habían recogido en el patio.

Cuando terminaron, la maestra advirtió que una de las niñas no había traído nada y que había permanecido en silencio mientras sus compañeros hablaban. Se sentía avergonzada por no tener nada que enseñar.

La maestra se dirigió a ella:

Muy bien, ¿y tú?, ¿no has encontrado nada que puedas amar?
La criatura, tímidamente, respondió:

- Lo siento, seño. Vi la flor y sentí su perfume, pensé en arrancarla pero preferí dejarla para que exhalase su aroma durante más tiempo. Vi también mariposas suaves, llenas de color, pero parecían tan felices que no intenté coger ninguna. Vi también al pichoncito en su nido, pero…, al subir al árbol, noté la mirada triste de su madre y preferí dejarlo allí…


Así que traigo conmigo el perfume de la flor, la libertad de las mariposas y la gratitud que observé en los ojos de la madre del pajarito. ¿Cómo puedo enseñaros lo que he traído?

La maestra le dio las gracias a la alumna y emocionada le dijo que había sido la única en advertir que lo que amamos no es un trofeo y que al amor lo llevamos en el corazón.


El amor es algo que se siente.

Hay que tener sensibilidad para vivirlo.


jueves, 1 de julio de 2010

El camino de las lágrimas...


Soñamos que vivimos un amor eterno y un día nos despertamos frente a una realidad:

Ya no nos aman... ¿Por qué?

Amar tambien implica correr riesgo, y cuando se ama en verdad se sufre, y como nos cuesta soltar aquello que amamos...

Dejar ir, soltar, esa es la clave y no es fácil porque duele.

Seguir llorando aquello que no tengo me impide disfrutar esto que tengo ahora.

Aprender a enfrentarse con el tema de la pérdida es aceptar vivir el duelo, saber que aquello que era es aquello que era y que ya no es más o por lo menos que ya no es lo mismo que era.

De hecho nunca es lo mismo.

Cuando yo me doy cuenta de que algo ha muerto, de que algo está terminado, ese es un buen momento para soltar.

Cuando ya no sirve, cuando ya no cumple, cuando ya no es, es tiempo de soltar.
Lo que seguro no voy hacer, si te amo de verdad, es querer retenerte.

Lo que seguro no voy a hacer es tratar de engancharte, si es verdad que te amo.

Te amo a tí ...

¿O amo la comodidad de que estés al lado mío?

¿Estoy relacionado contigo, individuo o persona?, ¿O estoy relacionado con mi idea de que ya te encontré y no quiero salir a buscar a más nadie?

No te atrapo, no te agarro, no te aferro, no te aprisiono.

Y no te dejo ir porque no me importes,

"Te dejo ir porque me importas."


Jorge Bucay

miércoles, 17 de febrero de 2010

El Palacio de La Mentira


Todos los duendes se dedicaban a construir dos palacios, el de la verdad y el de la mentira.

Los ladrillos del palacio de la verdad se creaban cada vez que una persona decía una verdad, y los duendes de la verdad los utilizaban para hacer su castillo.

Lo mismo ocurría en el otro palacio, donde los duendes de la mentira construían un palacio con los ladrillos que se creaban con cada nueva mentira.

Ambos palacios eran impresionantes, los mejores del mundo, y los duendes competían duramente porque el suyo fuera el mejor.

Tanto, que los duendes de la mentira, mucho más tramposos y marrulleros, enviaron un grupo de duendes al mundo para conseguir que las personas dijeran más y más mentiras.

Y como lo fueron consiguiendo, empezaron a tener muchos más ladrillos, y su palacio se fue haciendo más grande y espectacular.

Pero un día, algo raro ocurrió en el palacio de la mentira: uno de los ladrillos se convirtió en una caja de papel.

Poco después, otro ladrillo se convirtió en arena, y al rato otro más se hizo de cristal y se rompió.

Y así, poco a poco, cada vez que se iban descubriendo las mentiras que habían creado aquellos ladrillos, éstos se transformaban y desaparecían, de modo que el palacio de la mentira se fue haciendo más y más débil, perdiendo más y más ladrillos, hasta que finalmente se desmoronó.

Y todos, incluidos los duendes mentirosos, comprendieron que no se pueden utilizar las mentiras para nada, porque nunca son lo que parecen y no se sabe en qué se convertirán.



domingo, 7 de febrero de 2010

La Muñeca de Trapo


Desde el cabecero de la cama, la muñeca de trapo veía la vida pasar.

Con su sonrisa perfectamente pintada hace ya algunos años por alguna experta mano, alegraba la vida de una niña.

Que la muñeca no era nueva se veía en las marcas de varios zurcidos que alguien dejó bién disimulados.

Por las noches cuando todos dormían los juguetes saltaban, bailaban y se divertían, pero la muñeca...ella no.

Ella seguía presidiendo el dormitorio ahora desde otro lado.

Un día un oso de peluche, que llegó nuevo a la casa, se acercó a ella y le preguntó:
-¿Por qué estás ahí tan quieta y tan sola?

-Porque estar aquí me permite ver toda la habitación-contestó la muñeca.

-Pero......¿y por qué no te mueves?-volvió a preguntar el oso.

-Porque no quiero que nadie descubra que estoy viva.

El oso no la entendía y volvió a preguntar:
-¿Por qué no quieres que sepan que estas viva?

La muñeca esta vez perdió la sonrisa y mirando con sus redondos ojos al oso le contestó:
-Porque no quiero que los niños jueguen conmigo, me conformo con que me abracen de vez en cuando y miren mi sonrisa con cariño, como lo hace la niña de esta casa.

El oso no podía creer lo que sus redondas orejitas escuchaban.

-No te entiendo-dijo-eres un juguete, deben jugar contigo y tu deberías estar feliz de que lo hicieran.

-Mira osito, aunque no hace mucho que me fabricaron varias niñas jugaron conmigo.

La que no me rompió un brazo me rompió una pierna, la que no, hizo jirones mi vestido y hubo....hubo quien me rompió brazos y piernas. Mírame, estoy llena de zurcidos.

-Mmm....entiendo-dijo el oso-pero yo también tengo zurcidos, mira.....uno aquí, otro en la oreja, otro en el brazo, otro...
Pero siempre hubo alguien que me cosió con cariño porque no quería verme roto ni tirarme a la basura.

-Entonces tu puedes entenderme-dijo la muñeca.

Y convencida de que el oso ya no trataría de convencerla volvió a su posición habitual y puso de nuevo su sonrisa de muñeca en la cara.

Pero el oso no dejándose vencer dijo a la muñeca:
-Sí, te puedo entender, pero te diré algo.....

Si no juegas y dejas que jueguen contigo por miedo a que te rompan, perderás lo bonito que se siente cuando alguien al verte roto te arregla y cose tus heridas con todo su amor haciendo que los zurcidos sean imprceptibles.




martes, 24 de noviembre de 2009

Las estrellas del cielo




Hubo una vez, hace mucho, mucho, mucho tiempo, una niña que soñaba con alcanzar las estrellas, es decir, tocarlas con sus manos.

En las noches claras sin luna, asomada a la ventana de su dormitorio, las admiraba en silencio pensando qué es lo que se sentiría teniendo una entre las manos.

Así las cosas, cierta noche de estío, la niña llegó a la conclusión de que debía tocar por lo menos una o dos y para ello tenía que ponerse en camino hasta llegar a ellas.

Dicho y hecho, saltó por la ventana y empezó a andar, y anda que te andarás llegó a un viejo molino cuya rueda chirriaba escandalosamente.

Dándole las buenas noches, la niña le pregunto si la rueda sabía como podría jugar con las lejanas estrellas pues para eso había emprendido la caminata.

La rueda le respondió que las encontraría bañándose en el estanque cercano donde por la noche brillaban hasta el punto de no dejarla dormir con su resplandor.

La niña saltó al estanque pero por más que nadó, e incluso buceó, le fue imposible encontrarlas.

Muy decepcionada se lo dijo después a la rueda de molino, que vieja y gruñona, repuso:

-No me extraña, has removido tanto el agua que las has asustado y se han ido.

Entonces la niña, desilusionada, prosiguió su camino.

Anda que te andarás, llegó a un verde prado en el que se sentó a descansar, dándose cuenta entonces de que el prado pertenecía a las hadas y a los elfos que lo llenaban por doquier corriendo, volando o bien danzando sobre el pasto.

Saludándolas muy educadamente la niña les preguntó si habían visto estrellas por allí ya que tenía mucho interés en alcanzar alguna.

Las hadas le replicaron que sí, que relucían todas las noches entre los tallos de la hierba.

Dijeron: -Ven a danzar en nuestra compañía y encontrarás todas las estrellas que desees.

Mas aunque la niña bailó con ellas en su alegre corro, no halló ninguna estrella, y dejándose caer agotada al suelo, lloró dirigiéndose a las hadas que la rodeaban en círculo: -Por más que lo intento no lo consigo.

Si no me ayudáis nunca podré jugar con las estrellas.

Las hadas hablaron bajito entre si, y finalmente una se acerco a la llorosa criatura para aconsejarla:
-Que tu ánimo no desmaye; si lo deseas puedes conseguirlo, todo es cuestión de voluntad.

Ves camino adelante y cuando encuentres a Cuatro Patas, que te lleve hasta Sin Patas y entonces le ruegas a Sin Patas que te conduzca hasta la Escalera sin escalones por la que debes subir.

Muy contenta la niña partió con ánimo ligero llegando finalmente a donde estaba un caballo atado a un árbol.

-Buenas noches –saludó por tercera vez-, deseo tocar las estrellas del cielo y he caminado tanto, tanto, que me duele todo el cuerpo, ¿serías tan amable que me permitieses montar en tu lomo?

El caballo le dijo entonces que él no entendía de estrellas y que su misión consistía en obedecer a las hadas.

-Ellas me han hablado de ti y me han aconsejado que le diga a Cuatro Patas que me conduzca hasta Sin Patas.

-Pues mira por donde yo soy Cuatro Patas, sube a mi lomo y partiremos.

Y anda que te andarás, o, mejor dicho, cabalga que te cabalgarás, abandonaron el bosque llegando a la orilla del mar.

El caballo se despidió, ya había cumplido su misión, y la niña prosiguió su marcha bordeando la orilla del mar y se decía qué más podía pasar ahora y a quién encontraría que se llamara Sin Patas, y, cuando menos lo esperaba, un pez enorme como ella nunca había creído que existieran, asomó la cabeza entre la espuma de las olas.

-Buenas noches –saludó la niña al pez-. Me gustaría tocar las estrellas con la mano, ¿puedes ayudarme a conseguirlo?

-No lo sé; si no me traes el permiso de las hadas no podré ayudarte –le contestó el pez.

-Pues lo tengo, y para que veas te trasmitiré el mensaje: debía encontrar a Cuatro Patas que me conduciría a Sin Patas y éste hasta la Escalera sin escalones.

-Esto es otra cosa –exclamó el pez-, venga, súbete a mi lomo y procura no caerte.

Navegaron, navegaron y navegaron precedidos por una estela dorada que se dirigía hacia el lejano horizonte, allá donde el mar y el firmamento se encuentran.

Entonces la niña vislumbró un bellísimo Arco Iris que saliendo del mar llegaba hasta el cielo brillando en todo su esplendor y colorido.

Por fin alcanzaron el inicio del Arco Iris y la niña descubrió que se trataba de un camino amplio y lleno de luz, que subía hacia la bóveda celeste, y en lontananza, la chiquilla apercibió unas minúscula lucecillas que daban la impresión de bailar.

-Hasta aquí hemos llegado –informó el pez-. Esa es la Escalera sin escalones.

Ves con cuidado al subir, si es que puedes. Piensa que esta escalera nunca se hizo para los piececitos de las niñas.
En cuanto la pequeña saltó del lomo de Sin Patas, éste desapareció en el mar.

La niña ascendió por el Arco Iris, tarea, por otra parte, nada sencilla, pues a cada escalón que subía le daba la sensación de bajar dos.

Y aunque ascendió hasta que el mar quedó muy lejos, las estrellas seguían encontrándose remotas.

Pero ella se dijo ya que era muy animosa: -No voy a echarme atrás; si he llegado hasta aquí no voy a volver sobre mis pasos.

Así que ascendió y ascendió, encontrando que el aire por momentos se volvía muy, muy frío, mas el firmamento brillaba intensamente, tanto que se dio cuenta de que estaba ya cerca de las estrellas.

-¡Lo estoy consiguiendo! –gritó.

Y sin vacilar llegó repentinamente al final del Arco Iris. En torno suyo, mirase por donde mirase, las estrellas daban vueltas y bailaban.

Era una danza que tan pronto subía como bajaba, igual que las hojas cuando las mueve el viento, y giraban a su alrededor lo mismo que un torbellino, entre los destellos de miles de colores.

-Finalmente las alcancé –se dijo-. En toda mi vida había contemplado algo tan bonito.

Entonces se dio cuenta de que estaba helada y al mirar en dirección a sus pies entre las sombras, le fue imposible ver la Tierra.

La pequeña tembló de miedo.

-Pero no me marcharé sin antes acariciar una estrella– y así diciendo con decisión se puso en puntas de pie extendiendo los brazos tanto como le fue posible.

Y ya estaba próxima a lograr su empeño, cuando, el paso raudo de una estrella la sorprendió hasta el punto que le hizo perder el equilibrio y hundirse en el vacío.

Fue cayendo, cayendo, cayendo, Arco Iris abajo y más iba bajando más templado era el aire y más somnolienta se sentía, y entre bostezos y suspiros quedóse profundamente dormida.

Al despertar se encontró de nuevo en su camita. Lucía el sol en la ventana y las aves mañaneras cantaban en los árboles y entre las flores del jardín.

-¿De veras estuve entre las estrellas y las toqué, o no ha sido más que un sueño?

Inesperadamente notó algo en la palma de su mano, y cuando la extendió, el brillo de una luz centelleó para desvanecerse enseguida.

La niña, muy feliz, pudo darse cuenta en ese momento de que no se engañaba; aquel era el polvo de las estrellas y ella las había tocado con sus manos, no se trataba de un sueño.



domingo, 13 de septiembre de 2009

La tristeza y la furia




En un reino encantado donde los hombres nunca pueden llegar, o quizás donde los hombres transitan eternamente sin darse cuenta…

En un reino mágico, donde las cosas no tangibles, se vuelven concretas.

Había una vez… un estanque maravilloso.

Era una laguna de agua cristalina y pura donde nadaban peces de todos los colores existentes y donde todas las tonalidades del verde se reflejaban permanentemente...

Hasta ese estanque mágico y transparente se acercaron a bañarse haciéndose mutua compañía, la tristeza y la furia.

Las dos se quitaron sus vestimentas y desnudas las dos entraron al estanque.

La furia, apurada (como siempre esta la furia), urgida -sin saber por qué- se baño rápidamente y más rápidamente aún, salió del agua...

Pero la furia es ciega, o por lo menos no distingue claramente la realidad, así que, desnuda y apurada, se puso, al salir, la primera ropa que encontró...

Y sucedió que esa ropa no era la suya, sino la de la tristeza...

Y así vestida de tristeza, la furia se fue.

Muy calma, y muy serena, dispuesta como siempre a quedarse en el lugar donde está, la tristeza terminó su baño y sin ningún apuro (o mejor dicho, sin conciencia del paso del tiempo), con pereza y lentamente, salió del estanque.

En la orilla se encontró con que su ropa ya no estaba.

Como todos sabemos, si hay algo que a la tristeza no le gusta es quedar al desnudo, así que se puso la única ropa que había junto al estanque, la ropa de la furia.

Cuentan que desde entonces, muchas veces uno se encuentra con la furia, ciega, cruel, terrible y enfadada, pero si nos damos el tiempo de mirar bien, encontramos que esta furia que vemos es sólo un disfraz, y que detrás del disfraz de la furia, en realidad... está escondida la tristeza.


Jorge Bucay


domingo, 26 de julio de 2009

Y Dios lloró...



Una famosa periodista había entrevistado a los personajes más famosos del mundo, artistas , políticos, escritores, gobernantes, inventores e ingenieros.

Le apasionaba la vida de aquellos que más habían influído en su comunidad o naciones y su pregunta más categórica era aquella que enfrentaba a estos personajes con sus propias obras.

Un día de camino a su oficina le dijo a su redactor que siempre había soñado con entrevistar al mismo Dios y hacerle la gran pregunta de su vida la cual estaría relacionada con su obra máxima: el hombre.


De repente , se vio envuelta por una gran luz en medio de un torbellino:

- Para, me dijo, asi que quieres entrevistarme?

- Bueno, le contesté , si es que tienes tiempo.


Se sonrió por entre la barba y dijo:

- Mi tiempo se llama eternidad y alcanza para todo. Qué pregunta quieres hacerme?

- Ninguna nueva ni difícil, para ti: que comentario te merece el hombre a quien creaste a tu imagen y semejanza?


Un poco entristecido, Dios me respondió :

Que se aburre de ser niño por la prisa de crecer, y luego suspira por volver a ser niño.

Que primero pierde la salud para tener dinero y enseguida pierde el dinero para recuperar la salud.

Que se pasa toda la vida acumulando bienes que jamás disfrutará y sus hijos derrocharán.

Que por pensar ansiosamente en el futuro, descuida su hora actual, y ni vive el presente ni el futuro.

Que se pasa toda la vida tratando de ser feliz y se olvida que la felicidad no es otra cosa que la capacidad de disfrutar lo que se tiene.

Que se priva de disfrutar de sus hijos por el afán de progresar y cuando ya lo logra, descubre que perdió irremediablemente a sus hijos.

Que se pasa toda la vida acumulando conocimientos y títulos, olvidándose que lo único importante es el amor.

Que se pasa la vida buscando triunfos externos cuando ha fracasado en el hogar.

Que se pasa la vida buscando la aprobación de los demás cuando ni siquiera él mismo se aprueba.

Que se pasa la vida buscando el golpe de suerte ignorando que ésta es producto de sus decisiones.

Que se pasa la vida cambiando a los amigos, sin comprender que son los amigos los que cambian.

Que se pasa la vida acumulando dinero que compra todo, menos la felicidad.

Que se pasa la vida acumulando rencores contra sus ofensores y lo único que obtiene es perjudicarse a sí mismo.

Que vive como si no fuera a morirse y, sin embargo, se muere como si no hubiera vivido.

Que creé al hombre para que sea feliz, pero él escogió la infelicidad.

Por primera vez vi a Dios llorar...


 

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